Los judíos y los canarios en los inicios de la historia de República Dominicana.

En contra de la opinión sustentada por algunos historiadores acerca de la existencia, en la centuria decimononica, de una población judía minoritaria en territorio dominicano, el intelectual haitiano Jean Ghasmann afirma que la emigración casi ininterrumpida de marranos y de canarios en los siglos XVI, XVII y XVIII incrementó grandemente el número de habitantes de Santo Domingo. Esos canarios, agrega, eran en su mayoría de origen judío sefardí,que se habían cristianizado generaciones atrás.

Ante todo, conviene explicar, para el lector no muy versado en el tema del Judaísmo, el significado de los vocablos marrano y sefardita o sefardí. La voz marrano ha sido objeto de sesudas y eruditas disquisiciones filológicas, entre los cuales destaca la de Diego de Simancas, defensor de los estatutos de limpieza de sangre, disquisiciones que plantean un problema etimológico.

Según Simancas, la palabra marrano se entronca con marah, rebelar, y con maramtha, anatema. El diccionario de la Academia Español de la Lengua la deriva del árabe vulgar mahrán, cosa prohibida. Es su acepción más socorrida, un marrano era un judío falsamente convertido al Catolicismo, o sea, el que, después de bautizado por grado o por fuerza, volvía al Judaísmo.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo informa en Las Quinquegenas, que el marranismo tuvo sus orígenes a raíz de la campaña antijudía de San Vicente Ferrer. El marrano no era para el cronista el converso a secas, ya que quiere decir falto. Marrar en castellano antiguo, equivale a faltar a su compromiso, por cuya razón puede haber conversos que no lo sean.

En cuanto al término sefardita o sefardí, Ghasmann sostiene que significa lejísimos. Este sería, indica, el nombre que les dieron a los judíos que de Babilonia y Mesopotamia fueron llevados a lo que se cree era España. Ahora bien, la opinión generalizada de los expertos asigna a ese gentilicio la acepción de judío originario de Sefarad, o sea, España y que fueron expulsados de su país en 1492 por orden de los Reyes Católicos. Abran Ezrá dice en su libro de poética: “Tenemos una tradición según la cual Sarfat corresponde a Francia y Sefarad a España.”

Los sefarditas se asentaron en un principio en el occidente de Europa: Italia, Francia, Portugal, Países Bajos, Inglaterra, y luego, en el Próximo Oriente y América. En todos esos países se les acogió sin reparos, pudiendo proseguir con sus actividades. Una de las ciudades europeas preferidas por los sefarditas fue Ámsterdam. Por sus relaciones comerciales con España y su importancia en la vida económica mundial, los Países Bajos atrajeron a numerosos mercaderes judíos.

En Santo Domingo hubo judíos en los primeros años del siglo XVI, tanto conversos como ortodoxos. Unos y otros desempeñaron un papel preponderante en el comercio y el gobierno colonial. Otros eran marranos o judaizantes. Tal vez a causa de su presencia, Bartolomé de las Casas solicitó en su memorial sobre remedios de los indios, de 1516, el establecimiento de un tribunal de la Inquisición en Santo Domingo. Las razones que adujo para justificar su petición fue que en la isla se habían encontrado y castigado con la debita pena, la muerte en la hoguera, a dos herejes y que aún quedaban “más de catorce.” Quiénes eran esos herejes y qué delitos cometieron, no lo sabemos, pero sí tenemos en cuenta que la Corona, en las instrucciones dadas al gobernador Nicolás de Ovando en 1501, le ordenaba que no permitiese pasar a Santo Domingo a moros, judíos, herejes y reconciliados, es de presumir que los penitenciados eran españoles incursos en una de las herejías vigentes en esa época, o bien pertenecían a una de esas dos etnias.

Situadas en el Atlántico, las Islas Canarias se incorporaron a la historia de España en 1403, año en que el normando Jean de Bethencourt rindió pleitesía al rey Enrique III de Castilla, incorporándolas a su Corona. Sin embargo, habrá que esperar a que Colón arribe a ellas en 1492, en su escala hacia las Indias, para que el archipiélago adquiriera la importancia y el protagonismo que tuvo a partir de entonces.

Como sucede en toda conquista, los colonos españoles, y más tarde, los portugueses y de otras naciones europeas se mezclaron con los primitivos pobladores de las islas. Producto de ese mestizaje fue una nueva humanidad canaria.

Lugar obligatorio de tránsito a las tierras descubiertas por esta emplazada entre los dos mundos, Canarias sirvió desde muy temprano de fuente de abastecimiento y reparación de los navíos que se desplazaban al nuevo continente. El mismo Colón tomó en su primer viaje, aguada y bastimentos y, luego, simientes, plantas, aves y ganado. De igual modo, las expediciones de Ovando, Pedrerías Dávila, Diego de Ordás y tantos otros recalaban en las afortunadas para aprovisionarse de todo lo necesario a sus empresas de exploración, conquista y colonización.

Establecida la Casa de Contratación de Sevilla en 1503 con objeto de controlar el tráfico comercial con las Indias, el canario sólo será autorizado oficialmente por cédula de 1508 del rey Fernando el Católico. De acuerdo con ella, todo tipo de mercancías, salvo las prohibidas, podía ser cargado en las Canarias con destino a las posesiones ultramarinas, para cuyo efecto dicha Casa enviaría a una persona competente a fin de que llevase un registro de cuanto se embarcase. Ese registro se hacía imprescindible en vista de los fraudes, contrabandos y personas que pasaban a las Indias sin licencia real.

A mediados del siglo XVI, Felipe II, conocedor de las irregularidades que se cometían en el comercio canario-americano, decidió nombrar un juez de registro con asiento en La Palma. Las protestas de Gran Canaria y Tenerife, obligadas a ir a esa isla para registrar sus navíos, obligó al monarca a designar otros jueces en cada una. Como los permisos para comerciar con las Indias duraban un número reducido de años, la Corona tenía que conceder nuevas prórrogas cada cierto tiempo.

Carece de veracidad la afirmación de Ghasmann de que los comerciantes canarios implantaron la propia agenda para aprovisionar los barcos españoles, así como que, a finales del siglo XV, mantenían un monopolio comercial en Sevilla que creó pánico entre las autoridades. El sistema de puerto único, junto con otras restricciones, como la de impedir todo comercio con América sin una orden particular de la monarquía, fue dispuesto desde los primeros momentos. La real cédula de 23 de agosto de 1493 concedió tal privilegio a la ciudad andaluza de Cádiz. Dos años más tarde, se dejó cierta libertad para comerciar, hasta que, según queda dicho, se fundó la Casa de Contratación de Sevilla en 1505.

Los inconvenientes de tener que procurar nuevas prórrogas y de sostener una enconada lucha con sus rivales, los comerciantes sevillanos, hacían que los canarios continuaran su actividad comercial con las Indias en medio del lógico temor de ser privadas de las licencias, las cuales corrían el peligro de que se las revocase debido a los excesos que cometían en la cantidad y calidad de las cargazones. Esos abusos, quizás exagerados, provocaron repetidas quejas de los sevillanos.

En cuanto a las emigraciones canarias a la Española, ocurrieron ya desde las postrimerías del siglo XV, aunque en pocas cantidades, y aumentaron en el siguiente. Un canario acompañó a Colón en su segundo viaje y otro fue paje de su hijo Diego en 1509. Una cédula de 1511 sólo exigía que se inscribiese el nombre de la persona que desease ir a las Indias sin examen ni información previa, requisitos estos que más tarde limitaron la entrada a ellas de muchos hombres y mujeres. Quienes no los reunían se embarcaban subrepticiamente en los navíos que transportaban mercancías de contrabando desde la isla Gomera. Será en 1528 cuando se permitirá, con carácter general, la salida de gente del archipiélago para residir y poblar en las Indias. En 1558 se autorizó el paso a Santo Domingo de cien canarios.

Es bueno aclarar que gran parte de los moradores de las Canarias que se trasladaron a la Española y otras partes de América en los años iniciales de su descubrimiento no eran criollos, sino andaluces y extremeños que habían participado en la conquista de Gran Canaria, Tenerife y la Palma. Marcharon atraídos por las noticias de abundantes riquezas fáciles de obtener. Entre 1509 y 1538, de los 13.388 emigrantes procedentes de España que fueron a las Indias sólo 14 eran naturales de Canarias. Se trata, claro está, de registros oficiales, ya que hubo numerosas entradas ilegales. Junto con los nativos de los Afortunadas convivían decenas de ingleses, franceses y portugueses, así como muchos judeoconversos. Posiblemente, algunos de ellos viajaron también a Santo Domingo en busca de una mejor vida.

La emigración canaria a Santo Domingo se acrecentaría grandemente a partir de la segunda mitad del siglo XVII como consecuencia de la alarmante despoblación de la isla y de la existencia de una colonia francesa en la vertiente occidental. Esos dos hechos obligaron a las autoridades españolas a modificar su política migratoria. Su plan consistió en crear nuevas ciudades para detener la penetración de los franceses en su porción oriental mediante el envío de familias canarias.

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Tarbut Sefarad es una asociación tolerante y apolítica que tiene como interes principal el conservar y difundir la cultura judía en general,en especial la sefardí.La cultura es una de las mayores armas de la humanidad,un elemento que tiende puentes entre pueblos y soluciona conflictos.Para tener un gran futuro debemos conservar excelentemente nuestro pasado y difundirlo.Desde Tarbut Las Palmas les invitamos a trabajar en ello y a unirse a nosotros en nuestro proyecto.
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