El Cementerio Inglés de Las Palmas de Gran Canaria,un pedazo de historia judía muchas veces pasado por alto.

Este cementerio protestante fue construido a petición de representantes ingleses en el siglo XIX para la importante colonia de este origen que vivía en la isla.Es uno de los primeros camposantos reformados de España. Levantado sobre terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria,las obras se iniciaron en 1834,recibiendo el primer enterramiento sólo un año después. Se trataba de un marinero británico,G. Willians,pero con las décadas le seguirían turistas,comerciantes,soldados,marineros y otros anglosajones que recalaron en esta insula.

Pero no sólo ingleses son los inquilinos de este cementerio,ni cristianos unicamente,conviven más de diez iglesias o confesiones y hay personas de numerosos origenes.Un misionero estadounidense muerto en el Congo en 1898,funcionarios británicos de servicio en Sierra Leona,marinos daneses,suecos,finlandeses, alemanes,etc. Debido a su antiguedad y a su valor cultural,en 2005 fue declarado BIC (Bien de interés cultural) por la Comunidad Canaria. Aquí están enterrados personajes importantes de la historia reciente de la isla y de la ciudad,tales como el empresario Thomas Miller o George Amsticed,primer vicecónsul británico. Además de enterramientos pertenecientes a miembros de las reconocidas familias Blandy,Houghton,Swanston,Fisher,Park o Pilcher.

También encontramos un importante número de tumbas judías,ya que en aquella época los no católicos no tenían derecho a utilizar los cementerios públicos,por esta razón se ubican dentro de este reciento tumbas de personas de fe judía y de diversas confesiones cristianas (Anglicana,luterana,metodista,etc.).

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El Festival de Góspel de Canarias incluirá al conocido solista afroestadounidense Joshua Nelson.

El V Festival de Góspel de Canarias se celebrará del 1 al 21 de diciembre en distintos escenarios de las islas del Archipiélago con la participación de cinco grupos de primer nivel procedentes de Estados Unidos y de dos formaciones locales surgidas de anteriores ediciones del certamen. Por segundo año consecutivo, la música tradicional religiosa de la Norteamérica negra llegará también hasta La Graciosa. La programación provisional contempla conciertos en el resto de las islas, salvo en La Gomera y El Hierro.

En el caso de la isla colombina hay negociaciones para incluir alguna actuación en el calendario definitivo, mientras que el cabildo herreño declinó participar este año por cuestiones presupuestarias.

Esta nueva edición del Festival de Góspel, cuyo coste global asciende a algo más de cien mil euros, fue presentada ayer por el viceconsejero de cultura del Gobierno de Canarias, Alberto Delgado, quien estuvo acompañado por el coordinador de cultura del cabildo tinerfeño, Cristóbal de la Rosa; por el representante de Binter Canarias, José Luis Reina; por el director del Festival de Canarias, Vicente Álvarez, y por el del certamen de Cataluña, Luis Manjarrés, invitado al evento.

Los conciertos confirmados se ofrecerán, además de en La Graciosa, en las localidades tinerfeñas de Adeje, Arona, Granadilla y Santa Cruz; en Santa Cruz de La Palma; en el pueblo majorero de La Oliva; en el lanzaroteño de Teguise y en los municipios grancanarios de San Bartolomé de Tirajana (Hotel Costa Meloneras) y Las Palmas de Gran Canaria.

Alberto Delgado habló de un evento “ya consolidado”. José Luis Reina, por su parte, planteó la necesidad de establecer un “compromiso de la empresa privada con la cultura”.

Cristóbal de la Rosa, por último, valoró que el Auditorio de Tenerife sea por primera vez escenario de este festival.

LOS DATOS.

Siete grupos para dieciséis funciones

Cinco grupos estadounidenses de primer nivel participarán en el Festival de Góspel de Canarias. Se trata de The Mississippi Mass Choir, Lousiana Gospel Choir, Brothershood Singer, Spirit of New Orleans Gospel Choir y el del solista Joshua Nelson. A ellos se unirán los canarios Shine Voices Gospel, de Tenerife, y Rainbow Gospel, radicado en Gran Canaria, para ofrecer dieciséis conciertos. El director del Festival de Góspel de Cataluña, Luis Manjarrés, destacó ayer que el de Canarias ha superado al catalán en número de conciertos. Indicó, además, que The Mississippi Mass Choir tal vez sea el mejor grupo coral del mundo y subrayó que el góspel es un género con valores como la sociabilidad y la comunicabilidad que le hacen ganar aficionados y practicantes en todo el mundo, también en España. Manjarrés añadió que Brothershood Singer es una “delicia, pura arqueología musical”, y dijo que “hay que verlo para creerlo” respecto a Joshua Nelson, quien se presenta siempre como “negro, judío y la peor pesadilla del Ku Kux Klan”.

Valentín Álvarez manifestó la intención de los organizadores de mantener el festival y valoró respecto al mencionado Nelson que dará el concierto en La Graciosa un martes, el miércoles viajará a Nueva York para ofrecer otra actuación y regresará a La Oliva para tocar el viernes.

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Música y danzas de judíos, árabes y cristianos medievales en la Casa de Cultura de Valle Gran Rey.

Música y danzas de judíos, árabes y cristianos medievales llenarán el próximo lunes la Casa de la Cultura de Valle Gran Rey, en lo que será el último concierto del XXII Festival de Música de Canarias en La Gomera. Así lo avanza el consejero insular de Cultura, Juan Alonso Herrera, que una vez más anima a residentes y visitantes a disfrutar de la buena música.

Desde el Cabildo insular se hace hincapié en que la entrada al concierto, que tendrá lugar a partir de las 20:30 horas, es gratuita, igual que lo han sido las cuatro anteriores citas con el Festival de Música, que ya han podido disfrutar en La Gomera cerca de 300 personas. Juan Manuel Rubio, Abdel Karim, Abdel Asís Samsaoui, Khalid Ahaboune y Samira serán los encargados de transmitir al público la música de las diferentes culturas, que sonará en las composiciones de Berenguer de Palou, Alfonso X y trovadores sefardíes, entre otros.

El representante del Cabildo destaca que promocionar la cultura musical entre los distintos sectores sociales y culturales de la Isla, además de apoyar y fomentar la celebración de festivales musicales y la difusión del Festival de Música de Canarias en las islas no capitalinas es el objetivo que ha llevado a la corporación insular a involucrarse un año más con el certamen que estos días se lleva a cabo.

Tras recordar que este año, por primera vez, se han ampliado los escenarios en los que se llevan a cabo los conciertos, ampliando las posibilidades de ocio y disfrute de los vecinos de La Gomera, Herrera insiste en la importancia de que la cultura se promocione por igual en todas las islas del archipiélago.

En el mismo sentido se ha manifestado el presidente de la institución insular, Casimiro Curbelo, quien hace hincapié en que “la cultura no tiene color político y no debe conocer fronteras, especialmente dentro de una misma comunicad autónoma, si es que en verdad se apuesta por la cohesión territorial de Canarias”.

Curbelo pone en relieve la importancia y la conveniencia de que se celebren conciertos de música clásica en La Gomera, y muestra la disposición del Cabildo a colaborar en todo lo que sea necesario a fin de que en años sucesivos pueda repetirse la experiencia, que ya cuenta con un número importante de adeptos en la isla colombina.

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El almogrote de La Gomera (Islas Canarias).

Parece ser que el almogrote de La Gomera es el último vestigio que queda en nuestro país de una salsa extraodinariamente popular en España durante la Edad Media denominada almodrote. El almodrote se hacía con tres ingredientes básicos : queso curado, ajos asados y aceite de oliva. Se comía untando pan o bien como acompañamiento de platos de carne. Como he dicho el almodrote fue muy popular en la cocina medieval pero desapareció totalmente a partir del siglo XVI. Ocurrió que esta receta pertenecía a la gastronomía sefardí, si bien su origen podría ser la Hispania Romana. Se tomaba principalmente durante la Pascua judía y por pura ósmosis pasó a la comunidad cristiana.

Cuando los judios fueron expulsados de España resultaba sospechoso, judaizante, realizar recetas propias de la perseguida comunidad sefardí. Por ello se transformó la receta añadiendo manteca de cerdo, principalmente. Puesto que cualquier producto del cerdo está prohibido según la Ley Mosaica,quedaba claro que la receta era cristiana y no judaizante. Algunas recetas sobrevivieron a estos nuevos ingredientes aptos para los inquisidores. La ensaimada mallorquina es probable que fuera un dulce típico de la Pascua judía a la que se añadió manteca de cerdo por razones no precisamente gustativas.

La ensaimada sobrevivió al cambio pero el almodrote se extinguió. Lo mismo ocurrió con la pasta filo que se empleó profusamente en la cocina medieval española para desaparecer completamente tras las expulsión, hasta el punto que a los españoles nos parece un producto exótico cuando no desconocido. El almodrote ha sobrevivido en las comunidades sefardíes turca y griega, asociado con otros productos, principalmente la berenjena.

Como sabreís, los españoles expulsados por profesar la fe judía recalaron principalmente en el Magreb, en Grecia (Principalmente Tesalónica) y Estambul. Como no pudieron quedarse con posesiones materiales al menos se llevaron su cultura gastronómica.

Ignoro totalmente por qué el almodrote sobrevivió en La Gomera. Es cierto que podría haber surgido en cualquier lugar en posesión de los mismos ingredientes,pero el hecho de que entre la palabra almodrote y almogrote sólo cambie una letra es muy significativo. Eso sí, el almogrote gomero ha sufrido una evolución. La receta añade tomates que al ser un producto americano no estaban disponibles durante la Edad Media en Europa. El queso a emplear es el excelento queso de cabra de la isla. El queso de cabra de La Gomera es una delicia. Se realiza con la leche de cabras autóctonas y el proceso está poco industrializado. Debido a la escasez de materia prima se añade a veces leche de oveja. Para al almogrote auténtico se emplea un tipo de queso gomero ahumado. Si lamentablemente no disponemos de queso gomero podemos hacer almogrote empleando queso de oveja o cabra bien curado.

INGREDIENTES

1 cuña de queso muy curado de cabra (preferiblemente) u oveja. La cuña de unos 200-250 gramos.
4 tomates maduros
2 dientes de ajo
2 guindillas picantes
Aceite virgen extra de oliva

Cortamos la pieza de queso en cubos pequeños. Incorporamos en una mortero grande y majamos hasta conseguir una pasta. Pelamos y quitamos las semillas de los tomates. En este punto podemos incorporar a la pasta de queso directamente junto a los dos dientes de ajo pelados o bien asarlos un poco al horno fuerte (250 grados durante 10 minutos). Con tomates y ajos asados la crema queda más fuerte. Luego echamos las guindillas rojas picantes y majamos todos los ingredientes hasta que quede una pasta suave. A continuación incorporamos poco a poco el aceite, sin dejar de majar para conseguir la consistencia que deseemos : más aceite, más cremoso.

Otra manera más rápida de hacer el almogrote es incorporar a una batidora eléctrica ( o de vaso) todos los ingredientes a la vez (con los dientes de ajo y los tomates asados o no) y un cuarto de vaso (50 ml) de aceite. Batimos hasta obtener una pasta muy suave.

Se come como entrante, untando pan tostado o mojando picos de pan. Si os gusta mucho el queso fuerte este es definitivamente vuestro mejor aperitivo. Para mí desde luego es un manjar aunque no puedo hacerlo con el queso original.

Claro que tal vez nunca será el mismo almogrote de La Gomera, así que no hay nada mejor que dejarse caer por la isla y aprovechar para visitar el Parque Nacional de Garajonay y otras maravillas de este remoto lugar.

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La gallega que salvó a 500 judíos.

Lola, la «Schlinder» de Ribadavia, regentaba la cantina del ferrocarril y organizó entre 1941 y 1945 una red de fuga de judíos para pasarlos a Portugal. Su heroicidad, que revelamos en exclusiva, ha sido reconocida en Israel. Ni su hijo supo de su vida clandestina

Un hombre de estatura elevada, barbudo y sucio, tapado con un abrigo de mendigo, está acurrucado en una esquina del único banco de madera del andén. Lleva todo el día mirando de reojo pasar vagones Miño abajo. Cae la noche de abril sobre la estación de ferrocarril de Ribadavia. La voz sale desde el quiosco, famoso por las rosquillas, dulces de almendra y licor de café, que regentan las hermanas Touza: «Mira ese hombre, lleva todo el día ahí sentado sin coger un tren…». Año 1941. Europa se desangraba en la II Guerra Mundial. Los judíos que pueden huyen hasta el mismísimo fin del mundo para escapar de las llamas del Holocausto. Lola, una de las hermanas de la cantina, no duda en acercarse al forastero. Le habla en español. El responde, con sus tristes ojos azules, en lenguas que ella no comprende.

¿Compasión, instinto?.La gallega nunca explicó por qué dio cobijo en su casa a aquel desarrapado. Pero lo hizo. Y hoy un árbol sembrado este septiembre en una colina de Jerusalén -donde brotan pinos en memoria de los llamados Justos entre las Naciones- cuenta la heroica y silenciada historia que convirtió a Lola Touza Domínguez, la quiosquera de Ribadavia, en salvadora de cientos de judíos perseguidos. En una auténtica “Schindler” gallega.

Con aquel hombre, Lola y sus dos hermanas empezaron a tejer una red de fuga -por la que llegaron a escapar más de medio millar de judíos- que arrancaba en los Pirineos y terminaba al otro lado del río Miño, en Portugal. Se juramentaron con un barquero, dos taxistas y un emigrante retornado al que en el pueblo llamaban El Evangelista. Un silencio gallego que ha durado más de 60 años.

El nombre de aquel flaco judío-alemán de los ojos azules, llegado de Lyon, de donde se había escapado del campo de concentración con un asturiano al que las balas nazis mataron tras la huida, fue uno de los muchos que Lola y sus valientes cómplices se llevaron a la tumba. Porque todos los héroes anónimos de la trama gallega de fuga de judíos están muertos. Si por ellos fuera, en el camposanto de la villa feudal ourensana, partido por un muro de piedra vieja que lo separa del cementerio de los infieles, aún dormiría aquel secreto.

No han sido ellas, ni sus sobrinos, ni sus nietos quienes han desenterrado el juramento de silencio que las Touza se hicieron en vida. La voz delatora llegó del otro lado del Atlántico. Un viejo judío neoyorquino quiso, allá por 1964 (dos años antes de que Lola falleciera a los 72 años), saber qué había sido de aquella mujer que le llevó una noche sin luna al otro lado de la frontera. A la libertad. Se llamaba Isaac Retzmann y, como tantos otros salvados por la cantinera ribadaviense, pudo alcanzar América en 1943.

Retzmann, próspero comerciante alemán de padres judíos, había conocido a un emigrante gallego en la Gran Manzana, un tal Amancio Vázquez, y, sabiendo que éste volvía al terruño de vacaciones, le pidió encarecidamente que preguntara por las hermanas Touza. Tenía 70 años y una delicada salud que le hacía presagiar una muerte anticipada. El encargo terminó llegando a un librero de Vigo, Antón Patiño Regueira, y con él empezó a alumbrarse esta historia oculta que desvelamos en exclusiva (Antón dejó escrito antes de morir, en 2005, el esbozo de la verdad de estos héroes de Ribadavia).

De Lola Touza, la más bella de las hermanas -«Tenía una cara muy dulce», recuerda su nieto Julio-, se sabía que su imagen había ilustrado una estampa que circuló por el frente de guerra del 36 para animar a las tropas. Que los niños de Ribadavia aprovechaban los recreos del colegio para ir a su quiosco a probar deliciosos dulces caseros. Que era una madre soltera más, de las muchas de la época. Lo que nadie sospechaba era que la popular mujer de la cantina valía mucho más por lo que callaba. Lola, la madre de la gran fuga.

Abraham Bendayem, Isaac Retzmann, un tal Ariel… En Jerusalén siguen reuniendo testimonios y nombres para elaborar la larga lista de quienes le deben la vida. Los cálculos más conservadores hablan de casi 400 judíos salvados -exactamente 384, lo que matemáticamente equivaldría a dos personas por semana durante los cuatro años, 1941 a 1945, que se mantuvo activa la red de escapada-. Aunque estimaciones más realistas sostienen que el número podría superar el medio millar.

Sesenta años después, llueven los parabienes en el hogar de los Touza. Adosada a un muro de la que fue casa de las heroínas en Ribadavia (calle Juez Viñas, 2), luce desde el 7 de septiembre una placa de bronce: «A las tres hermanas, Lola, Amparo y Julia Touza, luchadoras por la libertad». El propio presidente de la Asamblea Universal Sefardí, Isaac Siboni, en una carta fechada el pasado 7 de agosto, dejaba constancia escrita del sentimiento de toda la comunidad judía: «Nuestro testimonio de admiración y gratitud para Lola, Amparo y Julia, quienes aun a riesgo de sus vidas han salvado a sus semejantes, a nuestros hermanos, de una muerte segura». Cuatro días después, el reconocimiento llevaba la firma de Ron Pundak, al frente de The Peres Center for Peace, la fundación para la paz que auspicia el presidente de Israel, Simón Peres. Dice así: «Recordar estos días a las hermanas Touza es un ejemplo para el futuro de amor y de valor, principios escasos en estos tiempos de odio».

Hasta la fecha, sólo tres españoles -el diplomático Eduardo Propper de Callejón, destinado en Francia, y los funcionarios de la embajada española en Berlin José Ruiz de Santaella y su esposa Carmen Schrader- ostentan el título de Justos entre las Naciones, el equivalente a la causa de beatificación católica, que concede la Fundación Yad Vashem a quienes, como Lola, salvaron a sus compatriotas del exterminio. La santificación judía de la gallega está en marcha.

Han tenido que pasar tres generaciones para que un Touza, Julio, 57 años, el nieto, pueda reconstruir la historia de su abuela. Mientras cruzamos la calle Orense (paradojas del destino) que conduce a su estudio de Madrid, los recuerdos afloran nítidos en su cabeza. «Ahora me explico muchas de las cosas que ella hacía, que hablaba en alto…». El prestigioso arquitecto revive las tardes de domingo en casa de Lola, un antiguo caserón con arcos de piedra, los bailes de fin de semana en la planta de arriba, aquella bolsita de tela cargada de monedas que ella guardaba celosamente en un cajón del viejo aparador… «Eran duros de plata alfonsinos. No quería que nadie los tocara. Valían más que la peseta, ya en curso, y yo, que era un niño, pensaba que mi abuela los coleccionaba. Pero no. Los guardaba como recuerdo de otros tiempos. Con monedas como ésas había pagado algunos favores y el resto se lo había dado a los judíos escapados. Nadie en la familia lo supo nunca. Ni siquiera su único hijo, mi padre… Se ha muerto sin saberlo».

La coartada
Cosas de la vida. Aquellos pasodobles, tangos y chachachás no sólo daban a las Touza unos dinerillos extra con los que poder capear las penurias domésticas en una España mísera de posguerra, donde judíos y masones encarnaban todos los males. Pero no era más que una coartada. De aquellas tardes de bailes y bacarrá, Lola hacía caja para su causa clandestina. «Nadie pasaba hambre a su lado», recuerda el músico de La Lira (banda del pueblo) Ramón Estévez Arango, protagonista ocasional de aquella gran evasión. «Vendía lo que hiciera falta, un abrigo, un anillo, cualquier cosa con tal de ayudar a un solo judío. Era de naturaleza muy desprendida». Generosa.

Y de pronto nos viene a la memoria el angustiado rostro de Oskar, el héroe de la inolvidable película La lista de Schindler, con ojos llorosos y gesto desesperado, mientras a su alrededor un grupo de hombres y mujeres enternecidos esperan a que el empresario benefactor los elija para su fábrica, salvándoles así de la muerte en un campo nazi. «El coche. ¿Por qué me quedé el coche? Valía 10 personas. Diez personas más… Esta pluma. Dos personas. Es de oro… Dos personas más… El (se refería a un oficial de la SS) me hubiera dado dos personas por ella, al menos una. Una persona más. Por esto… ¡Pude haber salvado a una persona más…!». «Lola era como Schindler», remacha Ramón, el vecino músico. Lola Schindler Touza. El cerebro de la escapada. «No entendía de partidos ni de credos religiosos». Y dicho esto, el viudo hombretón sienta sus 86 años en un banco de la cocina de su casa, en el corazón del barrio judío de Ribadavia (otro guiño del destino), y con parsimonia espera a que las campanas de iglesia de Santiago enmudezcan.

Lola, para el músico Ramón, es una dulce historia de adolescencia. Tenía 17 años cuando se tropezó de bruces con esa realidad que nadie en el pueblo parecía ver. Era una mañana de septiembre de 1941 y ayudaba a su padre, Francisco Estévez, en la descarga de un vagón de ladrillos. Lola se acercó a Paco, como ella le llamaba, y con discreción le preguntó: «¿Cuándo vais de pesca? Necesito que me hagas un favor. Tengo aquí a una persona que quiere pasar a Portugal, pero no quiere hacerlo en tren ni por carretera».

A la mujer le habían soplado que dos agentes de la Gestapo -llegados de Vigo, desde cuyo puerto transportaban el wolframio extraído de las minas gallegas para nutrir la maquinaria de guerra de Hitler-, merodeaban por los alrededores del pueblo a la caza de un judío-alemán fugado de Francia. «Mi padre, por aprecio a Lola, no lo dudó», rememora Ramón. Y esa misma madrugada, a las cuatro en punto, acudieron a la casa de la mujer armados con sus cañas de pescar.

Desnudo y al agua
«A él le dimos otra caña y, aunque chapurreaba el español, le dijimos que no hablara. Nos fuimos directos a la orilla del Miño y echamos a andar toda la noche. Nadie sospecharía, pues muchos pescadores solían salir a esa hora en busca de truchas y anguilas para matar el hambre». Por si acaso, Paco se quedó atrás mientras su hijo y el extranjero apuraban el paso. Horas más tarde, recorridos ya casi 40 kilómetros por un sendero empedrado, llegaron a Frieira, la aldea gallega que linda con Portugal. «Como yo era un chaval, el alemán me preguntó si no me importaba que se quitara la ropa. Le dije que no. La dobló y se la ató a la cabeza con el cinto del pantalón. “Te recordaré toda la vida, amigo”, me habló en bajo al oído antes de echarse al agua, al tiempo que me regalaba un duro de plata alfonsino. Vi como alcanzaba la orilla portuguesa, y desde entonces nunca más supe de él. En el antebrazo llevaba tatuado el 451… Me dijo que se llamaba Abraham Bendayem».

Abraham era aquel hombre de la estación de ferrocarril, el de los tristes ojos azules, barbudo y sucio, con el que Lola abrió la ruta clandestina -dicen que la más importante de la Península- por la que cientos de judíos ganaron la salvación. Lejos de su tierra prometida. Los más, alcanzaron las costas de Estados Unidos, Brasil, Argentina y Venezuela. Otros escaparon a Africa, sobre todo a Marruecos y Argelia. Gracias al boca a boca y a la eficaz organización de la comunidad judía, el nombre de Lola se extendió por Europa.

Ni el férreo secreto, ni las noches cerradas garantizaban, sin embargo, que la fuga llegara a buen puerto. Por eso Lola se cuidaba mucho de las compañías. Una palabra a destiempo, un gesto o una mirada indiscreta podían llevarla a la lista de traidores o al destierro perpetuo en una cárcel. La madre, su nombre de guerra en la red de fuga, se rodeó de lugartenientes fieles hasta la muerte. Dos taxistas (José Rocha Freijido y Javier Míguez Fernández, El Calavera), Ricardo Pérez Parada, apodado El Evangelista, que había aprendido inglés y polaco siendo emigrante en Nueva York, y que hacía de traductor) y el barquero Ramón Estévez. Según la ruta que eligiera Lola -había ideado tres: por senderos, carreteras de tercera y cruzando el Miño- actuaban estos héroes anónimos.

Todo empezaba con la llegada de un convoy señalado a la estación de Ribadavia. Lola esperaba con su cesta llena de rosquillas, caramelos y dulces de almendra en las manos. A veces los ofrecía por las ventanillas desde el andén. Otras veces se subía al tren y recorría los vagones con su mercancía. Era entonces cuando se encontraba siempre con alguien que le anunciaba la llegada inminente (día, hora y vagón) de una nueva tanda de judíos.

Los días de llegada, Lola era la primera en abandonar el quiosco. El mensaje de que unos judíos arribarían en las próximas horas corría rápido a los oídos del Calavera. Y en el silencio de la noche elegida, se consumaba la fuga de aquellos desesperados a bordo de su taxi, un Dodge negro americano. «Quién me lo iba a decir, Dios mío… Mi padre…». María del Carmen no se lo cree. Pregunta a la gente del pueblo, todos se extrañan. «El fue legionario. ¿Qué le parece? Estuvo de chófer de Millán Astray. Y con aquel aspecto de hombre duro que tenía… ¡Qué orgullosa estoy de él».

-¿Nunca le hizo un comentario?

-Jamás. Lo único que nos decía en casa era que no quería comer peces del Miño.

-¿Por qué?

-Decía que estaba contaminado. Luego supimos que en la guerra los de Franco y los del otro bando tiraban a cantidad gente desde un puente que cruzaba el río. A los que se agarraban a los hierros les cortaban las manos. Muchos murieron ahogados o desangrados. Por eso mi padre nunca quiso comer peces.

Tal vez no fuese Lola la única que estaba en la diana de la Gestapo. Según va tirando de la historia su nieto Julio, al parecer, el servicio secreto británico contaba en Vigo con un espía que seguía de cerca los pasos de los alemanes. Se llamaba Eduardo Martínez y era médico. «Es muy probable que conociera a mi abuela», baraja el arquitecto. Sus informaciones fueron reconocidas por el Gobierno de las Islas con la Medalla al Valor, en 1945. «Estos días le he pedido al MI5 que busque los nombres de mi abuela y de mis tías en sus archivos. Me dijeron que pronto desclasificarán algunos papeles de la guerra. Quizás ahí esté la lista que andamos buscando».

La lista de Lola. Nombre en clave: La madre.

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Los judíos y los canarios en los inicios de la historia de República Dominicana.

En contra de la opinión sustentada por algunos historiadores acerca de la existencia, en la centuria decimononica, de una población judía minoritaria en territorio dominicano, el intelectual haitiano Jean Ghasmann afirma que la emigración casi ininterrumpida de marranos y de canarios en los siglos XVI, XVII y XVIII incrementó grandemente el número de habitantes de Santo Domingo. Esos canarios, agrega, eran en su mayoría de origen judío sefardí,que se habían cristianizado generaciones atrás.

Ante todo, conviene explicar, para el lector no muy versado en el tema del Judaísmo, el significado de los vocablos marrano y sefardita o sefardí. La voz marrano ha sido objeto de sesudas y eruditas disquisiciones filológicas, entre los cuales destaca la de Diego de Simancas, defensor de los estatutos de limpieza de sangre, disquisiciones que plantean un problema etimológico.

Según Simancas, la palabra marrano se entronca con marah, rebelar, y con maramtha, anatema. El diccionario de la Academia Español de la Lengua la deriva del árabe vulgar mahrán, cosa prohibida. Es su acepción más socorrida, un marrano era un judío falsamente convertido al Catolicismo, o sea, el que, después de bautizado por grado o por fuerza, volvía al Judaísmo.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo informa en Las Quinquegenas, que el marranismo tuvo sus orígenes a raíz de la campaña antijudía de San Vicente Ferrer. El marrano no era para el cronista el converso a secas, ya que quiere decir falto. Marrar en castellano antiguo, equivale a faltar a su compromiso, por cuya razón puede haber conversos que no lo sean.

En cuanto al término sefardita o sefardí, Ghasmann sostiene que significa lejísimos. Este sería, indica, el nombre que les dieron a los judíos que de Babilonia y Mesopotamia fueron llevados a lo que se cree era España. Ahora bien, la opinión generalizada de los expertos asigna a ese gentilicio la acepción de judío originario de Sefarad, o sea, España y que fueron expulsados de su país en 1492 por orden de los Reyes Católicos. Abran Ezrá dice en su libro de poética: “Tenemos una tradición según la cual Sarfat corresponde a Francia y Sefarad a España.”

Los sefarditas se asentaron en un principio en el occidente de Europa: Italia, Francia, Portugal, Países Bajos, Inglaterra, y luego, en el Próximo Oriente y América. En todos esos países se les acogió sin reparos, pudiendo proseguir con sus actividades. Una de las ciudades europeas preferidas por los sefarditas fue Ámsterdam. Por sus relaciones comerciales con España y su importancia en la vida económica mundial, los Países Bajos atrajeron a numerosos mercaderes judíos.

En Santo Domingo hubo judíos en los primeros años del siglo XVI, tanto conversos como ortodoxos. Unos y otros desempeñaron un papel preponderante en el comercio y el gobierno colonial. Otros eran marranos o judaizantes. Tal vez a causa de su presencia, Bartolomé de las Casas solicitó en su memorial sobre remedios de los indios, de 1516, el establecimiento de un tribunal de la Inquisición en Santo Domingo. Las razones que adujo para justificar su petición fue que en la isla se habían encontrado y castigado con la debita pena, la muerte en la hoguera, a dos herejes y que aún quedaban “más de catorce.” Quiénes eran esos herejes y qué delitos cometieron, no lo sabemos, pero sí tenemos en cuenta que la Corona, en las instrucciones dadas al gobernador Nicolás de Ovando en 1501, le ordenaba que no permitiese pasar a Santo Domingo a moros, judíos, herejes y reconciliados, es de presumir que los penitenciados eran españoles incursos en una de las herejías vigentes en esa época, o bien pertenecían a una de esas dos etnias.

Situadas en el Atlántico, las Islas Canarias se incorporaron a la historia de España en 1403, año en que el normando Jean de Bethencourt rindió pleitesía al rey Enrique III de Castilla, incorporándolas a su Corona. Sin embargo, habrá que esperar a que Colón arribe a ellas en 1492, en su escala hacia las Indias, para que el archipiélago adquiriera la importancia y el protagonismo que tuvo a partir de entonces.

Como sucede en toda conquista, los colonos españoles, y más tarde, los portugueses y de otras naciones europeas se mezclaron con los primitivos pobladores de las islas. Producto de ese mestizaje fue una nueva humanidad canaria.

Lugar obligatorio de tránsito a las tierras descubiertas por esta emplazada entre los dos mundos, Canarias sirvió desde muy temprano de fuente de abastecimiento y reparación de los navíos que se desplazaban al nuevo continente. El mismo Colón tomó en su primer viaje, aguada y bastimentos y, luego, simientes, plantas, aves y ganado. De igual modo, las expediciones de Ovando, Pedrerías Dávila, Diego de Ordás y tantos otros recalaban en las afortunadas para aprovisionarse de todo lo necesario a sus empresas de exploración, conquista y colonización.

Establecida la Casa de Contratación de Sevilla en 1503 con objeto de controlar el tráfico comercial con las Indias, el canario sólo será autorizado oficialmente por cédula de 1508 del rey Fernando el Católico. De acuerdo con ella, todo tipo de mercancías, salvo las prohibidas, podía ser cargado en las Canarias con destino a las posesiones ultramarinas, para cuyo efecto dicha Casa enviaría a una persona competente a fin de que llevase un registro de cuanto se embarcase. Ese registro se hacía imprescindible en vista de los fraudes, contrabandos y personas que pasaban a las Indias sin licencia real.

A mediados del siglo XVI, Felipe II, conocedor de las irregularidades que se cometían en el comercio canario-americano, decidió nombrar un juez de registro con asiento en La Palma. Las protestas de Gran Canaria y Tenerife, obligadas a ir a esa isla para registrar sus navíos, obligó al monarca a designar otros jueces en cada una. Como los permisos para comerciar con las Indias duraban un número reducido de años, la Corona tenía que conceder nuevas prórrogas cada cierto tiempo.

Carece de veracidad la afirmación de Ghasmann de que los comerciantes canarios implantaron la propia agenda para aprovisionar los barcos españoles, así como que, a finales del siglo XV, mantenían un monopolio comercial en Sevilla que creó pánico entre las autoridades. El sistema de puerto único, junto con otras restricciones, como la de impedir todo comercio con América sin una orden particular de la monarquía, fue dispuesto desde los primeros momentos. La real cédula de 23 de agosto de 1493 concedió tal privilegio a la ciudad andaluza de Cádiz. Dos años más tarde, se dejó cierta libertad para comerciar, hasta que, según queda dicho, se fundó la Casa de Contratación de Sevilla en 1505.

Los inconvenientes de tener que procurar nuevas prórrogas y de sostener una enconada lucha con sus rivales, los comerciantes sevillanos, hacían que los canarios continuaran su actividad comercial con las Indias en medio del lógico temor de ser privadas de las licencias, las cuales corrían el peligro de que se las revocase debido a los excesos que cometían en la cantidad y calidad de las cargazones. Esos abusos, quizás exagerados, provocaron repetidas quejas de los sevillanos.

En cuanto a las emigraciones canarias a la Española, ocurrieron ya desde las postrimerías del siglo XV, aunque en pocas cantidades, y aumentaron en el siguiente. Un canario acompañó a Colón en su segundo viaje y otro fue paje de su hijo Diego en 1509. Una cédula de 1511 sólo exigía que se inscribiese el nombre de la persona que desease ir a las Indias sin examen ni información previa, requisitos estos que más tarde limitaron la entrada a ellas de muchos hombres y mujeres. Quienes no los reunían se embarcaban subrepticiamente en los navíos que transportaban mercancías de contrabando desde la isla Gomera. Será en 1528 cuando se permitirá, con carácter general, la salida de gente del archipiélago para residir y poblar en las Indias. En 1558 se autorizó el paso a Santo Domingo de cien canarios.

Es bueno aclarar que gran parte de los moradores de las Canarias que se trasladaron a la Española y otras partes de América en los años iniciales de su descubrimiento no eran criollos, sino andaluces y extremeños que habían participado en la conquista de Gran Canaria, Tenerife y la Palma. Marcharon atraídos por las noticias de abundantes riquezas fáciles de obtener. Entre 1509 y 1538, de los 13.388 emigrantes procedentes de España que fueron a las Indias sólo 14 eran naturales de Canarias. Se trata, claro está, de registros oficiales, ya que hubo numerosas entradas ilegales. Junto con los nativos de los Afortunadas convivían decenas de ingleses, franceses y portugueses, así como muchos judeoconversos. Posiblemente, algunos de ellos viajaron también a Santo Domingo en busca de una mejor vida.

La emigración canaria a Santo Domingo se acrecentaría grandemente a partir de la segunda mitad del siglo XVII como consecuencia de la alarmante despoblación de la isla y de la existencia de una colonia francesa en la vertiente occidental. Esos dos hechos obligaron a las autoridades españolas a modificar su política migratoria. Su plan consistió en crear nuevas ciudades para detener la penetración de los franceses en su porción oriental mediante el envío de familias canarias.

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Bailes tradicionales en La Palma (Islas Canarias).

Cho Juan Pereñal ó Danza del trigo.

Una de las pocas danzas agrícolas del Archipiélago Canario que hoy día solo se conserva en la isla de La Palma, donde se sigue el proceso de los cereales desde que se siembra hasta que se come como gofio. La danza es de posible origen portugués o del occidente peninsular y se supone que fue traída a Canarias por los judíos que fueron expulsados a finales del Siglo XV por la Reina Isabel La Católica. Entre los sefardíes de Tetuán existe una danza muy parecida e incluso en Grecia y Canadá entre las comunidades judías sefardíes locales. También hay semejanzas con “El Gavilán” extremeño o el “Tío Tintaina” recogido por Sixto Córdoba en su cancionero infantil de Santander. Los instrumentos usados son el tambor y las castañuelas. La versión de “Echentive” fue recogida en el pueblo de Barlovento al Noreste de la isla de Don José Antonio Pérez.

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